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La televisión actual y la música

La televisión actual y la música ARTÍCULO DE OPINIÓN – Daniel Sancet Cueto Publicado Originalmente en ROCK MAP ( Tu App de Rock) La música ha desaparecido de las televisiones. Poco a poco, como en un tenue acto delictivo, han ido arrancando las actuaciones en directo de la gran pantalla. Los programas musicales hace tiempo que brillan por su ausencia y han sido sustituidos por concursos de karaoke en muy diversos formatos. Lamentable. En la televisión actual todo es fomentar el afán competitivo, cultivar emociones prefabricadas y generar polémicas de diversa índole para aumentar los ingresos publicitarios. Viva el índice de audiencia y viva la estupidez encubierta. El rock ha dejado de ocupar un mínimo espacio para ser una lengua muerta, un rincón apolillado del museo de los horrores. Ahora se pueden sacar a pasear artistas del siglo pasado y darles su momento de gloria comedida y manipulada. Herramientas de toda índole para torturar y plagar de malformaciones un término que ya no significa nada. Yo ya no me identifico con el término rock, tendremos que inventar una nueva forma de llamarlo. No voy a malgastar palabras rememorando programas de antaño como Cajón Desastre o Tocata, para eso ya están estos programas tan de moda que vuelan a los ochenta para mostrarnos la calidad de lo que se estaba cultivando en ese tiempo, la pregunta es: ¿nadie se ha parado a pensar en qué ha pasado con todo eso? ¿nadie en las altas esferas televisivas ha llegado a comprender que la televisión era una herramienta útil para la difusión de iniciativas culturales y que el capitalismo sumo ha cambiado las reglas de todo? Y lo más peligroso de la televisión actual no es el nulo apoyo a la música y los nuevos creadores, tampoco el hecho de haber convertido el término rock en una parodia de sí mismo, ni siquiera el hecho de haber infundido un espíritu competitivo atroz en todos y cada uno de sus programas (y por extensión en todos y cada uno de los espectadores, o sea, de la sociedad actual). No. Lo más peligroso de la televisión actual es la destrucción y distorsión de los valores culturales y creativos. Ya nada volverá a ser lo mismo después de tantos años de suministrarnos droga televisiva de alto voltaje. Lo han conseguido, han dormido a la sociedad de tal manera que apenas se escuchan voces en su contra. Hoy en día escasea la pasión. Escasea de tal manera que el valor oro debería ser sustituido por el valor pasión. Casi nadie pone pasión en lo que hace. Casi nadie pone pasión en lo que crea. Y esto viene motivado porque el creador actual sabe que está condenado al ostracismo y al silencio de las televisiones y los grandes medios de comunicación. Tiempo de silencio y tiempo de monos de feria dispuestos a hacerlo todo. Los índices de audiencia parecen pedir que los grandes artistas de las multinacionales se paseen por los platós de las televisiones haciendo el gilipollas, convertidos en elementos esporádicos del freak show, artistas del circo de los horrores dispuestos a todo porque las grandes empresas han decidido que esto es parte de las nuevas herramientas de promoción. No entiendo que tiene que ver el lanzamiento de un nuevo disco con disfrazarse de cualquier cosa, pasar pruebas estúpidas, bailar al son de una jauría de perros hambrientos o pasearse bajo los focos de algo contra lo que deberían luchar. Esto pasa a todos los niveles, en las más altas esferas y en las más bajas. Hace unas semanas sonó el teléfono de Insolenzia y un programa de máxima audiencia de la televisión aragonesa nos ofrecía aparecer en la gala de Nochebuena...

Poema inédito

Poema inédito POESÍA – Daniel Sancet Cueto Fotografía: Eli Castellano; Vitoria. Sabe bien cómo desarmarme cómo dejarme sin habla a través de una malévola transparencia por la que asoma curioso y juguetón un enorme fresón abultado que agarra mis ojos con violencia sabe posar para mí dibujando con lentitud la perfección de sus movimientos felinos sabe disfrazar un lunes edulcorar un martes pervertir un miércoles sazonar un jueves engalanar un viernes doblegar un sábado y colorear un domingo para que solo exista un día llamado isabel … dame otra vez tu espalda felina, expuesta a modo de invitación … MÁS PLANETA SANCET: El rey de las palabras perdidas Soñar con la última calada La hora de las bienvenidas Una foto más Quería besarla Tirémonos al monte Sangro por dentro Dos con cuarenta y cinco Sálvame si puedes Víspera de todos los...

El rey de las palabras perdidas

El rey de las palabras perdidas RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto Fotografía: Francho Lafuente; Pamplona. El tiempo se ha comido el trono desde donde pensaba gobernar el mundo. El lodo abraza sus brazos con el egoísmo entumecido del que se sabe vencedor. La silla escolar desde donde planeé dar un golpe de estado a nivel mundial. He sido traicionado por el tiempo y he tardado en comprenderlo más de treinta años. Soy un rey derrocado. Observaba la EGB desde mis gafas de miope vergonzoso. Nadie supo adivinar que tras esa cara de niño bueno se escondía un plan maquiavélico que consistía en eliminar para siempre el dinero. En mi reino no habría ricos ni pobres. Siempre fui un niño tímido y callado. Acostumbrado a observar con detenimiento antes de abrir la boca. Siempre supe que las palabras eran mis mejores aliadas, las mejores armas que podría disponer. Así que me dediqué a conocerlas con precisión. Escribir era el mejor de los ejercicios de adiestramiento para poder plantar batalla cuando llegase la ocasión. Nunca nadie me vencería. Me convertí en el rey de las palabras perdidas y decidí no tener ni himno, ni escudo, ni bandera. No me hacían falta. Y hoy solo el olvido envuelve aquello en lo que soñé. Y hoy el trono abandonado es pasto de los mediocres. Y hoy se ha convertido en el peor de los mañanas. En el tiempo en el que la silla desterrada olía a chicle de fresa y a sudor infantil tan solo necesitaba cerrar los ojos para volar. Mi vieja máquina de escribir hablaba de destierros y desheredados, hablaba de perdedores, hablaba de los que nunca hablaba nadie. A mi alrededor siempre había alguien dispuesto a jugar con mis historias, aunque el papel de rey siempre lo ostentase yo. En ocasiones el miedo me susurraba en la noche y yo lo desterraba paseando en la oscuridad para vestirme como ella. Saberme sombra antes de que la sombra me devorase. Fue entonces cuando supe que la muerte estaría esperando. Fue entonces cuando fui consciente de que nadie la podía evitar. Ni si quiera yo. Ni siquiera el rey de las palabras perdidas. Todavía no tenía vello púbico y ya temía que llegase el día en el que todo se acabase. Por eso comencé a correr. Por eso me convertí en el más cobarde de los desterrados. Por eso ocupé mi tiempo con el vacío mediocre que me rodeaba. Por eso abandoné mi trono y empecé a ahorrar para comprar un cómodo sofá y una hipoteca donde poder colocarlo. Hoy paseando entre las sombras de un bosque que nunca me ha pertenecido me he perdido durante cien años de soledad y me ha despertado una lluvia amarilla bajo la cual el único hereje era yo mismo, aquel que buscaba el lugar de un hombre y solo encontró una montaña mágica y un guardián entre el centeno. Entonces lo he entendido todo. La silla sigue en el mismo lugar. Sigue oliendo a chicle de fresa y a sudor infantil. Sigo siendo el rey de las palabras perdidas. Sigo en la misma escuela pública. No hay lodo. Ni soledad. Ni silencio. Todavía puedo cerrar los ojos y volar. Todavía sigo construyendo ese planeta que siempre he soñado. No hay ricos ni pobres. Tan solo gente que entra y que sale para leer lo que brota de las plantas. La silla no está vacía. Sobre ella hay un niño con gafas que grita “oh capitán, mi capitán” por todos los maestros que me enseñaron a soñar. MÁS PLANETA SANCET: Soñar con la última calada La hora de las bienvenidas Una foto más Quería besarla Tirémonos al monte Sangro por dentro...

Soñar con la última calada

Soñar con la última calada RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto Fotografía: Isabel Marco; La Luna. El día entra en su recta final. Las últimas horas del año van desangrándose una a una. Ya nadie espera conseguir lo prometido. Es demasiado tarde para llegar hasta el final. Las calles están repletas de gentes que vuelan felices a lomos de sus tarjetas de crédito. En unas horas los confetis reinarán en la noche y el baile de las hienas será la única de las opciones posibles. La noche es solo suya. Hace trescientos sesenta y cinco días todo era posible. Parecíamos más jóvenes y nos sentíamos más fuertes. Nada ocurre en balde por eso nuestras almas se marchitan poco a poco con cada uno de los selfies que colgamos en nuestras redes sociales. He pasado la mañana arañando el sofá con mis uñas de gata y entre jirones de colores he encontrado un playmovil con traje de astronauta y he jugado con él hasta que ha muerto de pánico escénico. Creo que le ha dado un sabinazo. Después he comido merluza, puede que ya sea adulto y nadie me haya avisado. Por la tarde los actores han abierto el telón a hurtadillas. Un telón de seda negra y guirnaldas de chocolate. Antes era de acero. Desde que lo compró la cocacola ya no es de nadie. O eso dicen. Ellos. Los actores ya no viajan en carromatos por los caminos que no llevaban a ninguna parte; ahora los actores viven en un plató de mediaset y violan constantemente la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Porno televisado para estómagos domesticados. Y sin embargo puedo dormir la siesta mientras la entradilla me dice que soy un náufrago y los actores se preparan para la función de la tarde. Y solo es un día más, el último día del año. Todas las casas se llenan de visitas. Ruidosas. Bulliciosas. Escandalosas. Y yo me retuerzo de rabia pero me dejo acariciar. Por si se molestan. Por si me echan de casa. Por si dejo de hacer tan buena compañía. Tengo que ponerme a escribir o algún listo me vendrá con eso de que no nos puedes volver a fallar. O follar. No sé. Espero que haya alguna foto de alguien desnudo o desnuda en mi correo electrónico. Bien. Premio. Desnuda. De cintura para arriba. Eso me gusta. Copiar y pegar en la carpeta correspondiente. Me relamo de placer y me dispongo a tirotear el teclado como si me fuese la vida en ello. No pienso hablar de la muerte. No pienso hablar de aureolas abultadas y rosadas. No pienso hablar de la soledad, ni de mis miedos a la cuenta atrás, ni de nada que tenga que ver con cerrar los ojos y temblar. No pienso hablar de un cuerpo felino paseándose desnudo por delante de mis ojos. No pienso hablar de nada, seguro que hoy nadie me lee. Aprovecharé el calor de la leña ardiendo lentamente para soñar con la última calada. La última del año. Soñar con el verde de la primavera besando tus labios. Y emigrar del rock para siempre porque el rock ya no es de la calle. Las lentejuelas brillan demasiado. El rock es un dinosaurio comiendo césped en la puerta de un gran edificio en llamas. Nuestros caminos se han separado para siempre. Pero no tengáis miedo compañeros, somos mejores que ellos y encontraremos una palabra que nos una y nos defina. No os dejéis engañar con sus armas de destrucción masiva. El pelo se me eriza con solo pensarlo. El sueño de los valientes será la pesadilla de los cobardes. Ya lo sabéis todo sobre mí. Decidí darlo todo por vosotros....

La hora de las bienvenidas

La hora de las bienvenidas RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto Fotografía: Charly Rockandroll; Madrid. No hay flores en la basura ni despedidas golpeando en los andenes. Diciembre muere frío como un cuchillo. Las horas se desangran ante los ojos impasibles de las viejas puertas cerradas. La estación gastada de tanto esperar se llena de óxido y memoria mientras las personas llegan y se van. Siempre en silencio. Un frío silencio de diciembre que se cuela en la memoria para tatuarla con sus miedos. Diciembre huele a ausencias desde que navidad se escribe con minúsculas. Son las once y treinta y cinco de la mañana. Todo parece tan quieto que tan solo mis ojos siguen con vida. Sigo esperando como si todavía no hubiese entendido que la espera es para aquellos que todavía guardan esperanza. Yo perdí por el camino un corazón amoratado y ciento dos promesas olvidadas. El reloj sigue avanzando y entonces lo recuerdo: había llegado hasta allí esperando el tren de las once cuarenta y cinco. Estaba a punto de llegar. Diez minutos más. La hora de las bienvenidas y las palabras nunca antes pronunciadas. Todo estaba a punto de cambiar. Por eso este diciembre merecería la pena. Podría volver a usar algunas mayúsculas. Podría volver a hablar con la boca llena. Podría volver a sonreír sin miedo a que alguien me mirase como se mira a un leproso. Solo quedan nueve minutos. Estoy tan nervioso que casi ya no siento frío. Antes de los cartones y del veneno en las miradas. Antes de la mano extendida. Antes de los dientes rechinando y los niños que me miran. Antes de los bolsillos agujereados. Antes de este olor agrio y fermentado. Antes de las noches que no cesan, de los pies siempre arrastrados, de la soledad en los espejos. Antes de que yo esperara en la estación la hora en que tú volvieras. Antes yo también cenaba en mesas repletas, rodeado de personas que reían y gritaban como todos los días de fiesta. Yo también compartía recuerdos a voz en grito y criticaba sin miramientos aquello que yo mismo hacía. Yo también devoraba el pan y las más exquisitas suculencias. Yo también tenía abuelos, y padres, y tíos, y primos, y suegros, y sobrinos. Yo también tenía con quien discutir en días señalados y fiestas de guardar. Yo también sabía lo que era el calor de un año más compartido y los anuncios de turrón y las canciones que destrozan los tímpanos con sus agudos insoportables y los centros comerciales siempre abiertos. Yo también tiraba comida. Ya solo queda un minuto. Nadie más ha acudido a la fiesta. Nadie espera en la estación la llegada del tren de las once cuarenta y cinco. Peor para ellos. El tren llegará entre silbidos electrizantes y tan solo yo mantendré los brazos abiertos. Tan solo yo estaré esperando. Ya ha llegado la hora y parece que nace en el horizonte un tenue ruido de ruedas metálicas arañando las vías. Un sonido en la lejanía que se acerca poco a poco. Segundos que se transforman en minutos alargados de forma prolongada hasta casi llegar a la eternidad. La derrota es la más cruel de las realidades. Debería haberme acostumbrado. Retiré los cartones, me levanté, cogí la bolsa del mercadona donde guardaba algunas de mis pertenencias y me alejé lentamente de la vieja estación abandonada. Las puertas seguían cerradas. Los bancos seguían vacíos. El reloj seguía parado. Hoy tampoco llegaría ningún tren. No importaba que fuese navidad de nuevo. MÁS PLANETA SANCET: Una foto más Quería besarla Tirémonos al monte Sangro por dentro Dos con cuarenta y cinco Sálvame si puedes Víspera de todos los...
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