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Sálvame si puedes

Sálvame si puedes RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto La habitación cerrada a cal y canto, siento una inquietud desconcertante que ha provocado que todo se tambalee, llevo horas sentada sobre mi cama intentando dejar de pensar. Afuera los ruidos de todos los días parecen haber aumentado de decibelios, las voces conocidas se agolpan tras mi puerta y siguen su rutina como si mi ausencia no significase nada. Nada. No puedo enfadarme con nadie, no puedo pedirles comprensión, no puedo esperar que adivinen el hueco temblor que se ha instalado en mi caja torácica desde ayer por la tarde. Puede que todo haya cambiado. Puede que todo siga igual. Ni yo misma lo sé. Tengo veintitrés años y llevo con el mismo chico desde los veinte. He vivido en tres países diferentes, compartiendo techo con gentes conocidas y desconocidas, comunicándome en lenguas de las que apenas sabía nada. He conocido personas tóxicas y personas capaces de salvarte. Y en todo ese tiempo, nunca jamás me había sentido así. Abandonada. A la deriva. Desconcertada. Sin saber quién soy. Mi novio nunca me llama María, cuando nos presentaron detestaba mi nombre y siempre me presentaba como Nina. Hoy detesto que me llame Nina y no me atrevo a pedirle que me llame María. Él nunca lo hace. Creo que dejé de quererlo cuando dejó de hacerme reír. O quizá dejó de hacerme reír porque ya no lo quería. No lo sé. De esto hace ya varios meses. Pero me dejo llevar. Compartimos casa y gastos económicos con otros tres amigos y es imposible sacar los trapos sucios con tanta gente siempre en casa. Me incomoda discutir delante de los otros, así que sonrío y me dejo llevar. Tampoco está tan mal. De vez en cuando tiene un detalle conmigo, un pequeño guiño de esos que me hacen sentirme especial pero luego llega la hora de irnos a la cama y yo prefiero quedarme a hablar con los demás. Es más interesante y me permite disfrutar de ese hueco solo mío que perdí en el mismo momento que él empezó a tomar todas las decisiones. Supongo que lo hace sin querer pero termina arrastrándome, implicándome en sus planes sin tener en cuenta los míos. Como lo de venir a vivir aquí todos juntos. Quizá ha sido la mejor de sus ideas, pero el caso es que no fue cosa mía. Fue cosa suya. Son sus amigos los que viven con nosotros, a mí no me molesta pero son sus amigos y a mí tan solo me han aceptado como parte de él. Tan solo eso. Y aunque he de reconocer que se han convertido en parte muy importante de mi vida, no puedo dejar de pensar que el día que decida marcharme de su lado también los perderé a ellos para siempre. Hace unas semanas vino a pasar unos días con nosotros la prima de Kike. Era unos cinco años mayor y para mí fue un pequeño salvavidas en ese océano en el que me encontraba perdida a pesar de no querer reconocerlo. Como no quedaban camas libres, ella dormía en el sofá del salón, y, cuando todos se iban a dormir, nosotras nos quedábamos hablando hasta altas horas de la madrugada. Así fue como la conocí a ella y fui conociéndome a mí al mismo tiempo. Desmigajando nuestros pasados y realizando una profunda autopsia a nuestros presentes, fuimos recopilando la esencia para construir nuestros futuros. A ella le gustaba hablar sin tapujos, con una seguridad contagiosa que proporcionaba calma. Una calma que se derrumbaba cada noche cuando recorría el pasillo a oscuras, abría la puerta y me introducía en la cama al lado de...

Víspera de todos los santos

Víspera de todos los santos RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto Un silencio ventoso y vacío recorría las calles rectas e interminables del viejo cementerio del pueblo. Luis caminaba dos metros más atrás de ellas, observando las piedras del suelo, los adoquines desgastados, las hierbas arrancadas y los bordillos que separan el camino de los vivos del de los olvidados. Veintidós pasos más y se encontraría frente a la lápida de su abuelo. Ese que solo conoce por fotos de un pasado remoto, por historias muchas veces contadas y por la vieja lápida negra del cristo crucificado. Una lápida que su abuela y su madre limpiaban meticulosamente, colocando las flores con delicadeza profesional con unos gestos ya cotidianos de tantas veces repetidos. Luis siempre caminaba un par de metros detrás de ellas, como queriendo ser un mero espectador. El frío de un octubre a punto de perecer le obligaba a parapetarse tras su vieja trenca heredada de algún primo no demasiado lejano. Sus ojos parecían más vivos que nunca, a pesar de detenerse en todos y cada uno de los muertos que le rodeaban. No conocía a ninguno, salvo a su abuelo, y sin embargo sabía colocar de memoria muchos de los nombres en las largas filas de nichos de cinco alturas. Los nombres y las fotografías. Algunos demasiado jóvenes. Algunos demasiado serios. Algunos extrañamente cercanos. Otros cubiertos de polvo, como doblemente abandonados. Y todos muertos, inevitable y eternamente muertos. Después de arreglar la tumba de su abuelo dirigían sus pasos, los de los tres, a otras tumbas todavía más lejanas. Situadas en la otra zona del cementerio, la de los enterrados en la tierra. Su zona favorita. Cruces sobre un suelo seco y pedregoso, cruces de hierro pintadas cada año para luchar contra el paso del tiempo. De todo el abanico de cruces diseminadas, tan solo tres eran suyas. Uno de sus bisabuelos. Una tía de su abuela que creció y murió sola. Y la abuela de su abuela, su tatarabuela, que extrañamente se llamaba y apellidaba igual que su madre, cosa que nunca había entendido. Cruces que parecían pertenecerle por el mero hecho de visitarlas cada año. Dos de ellas situadas lo suficientemente cerca la una de la otra como para invertir la mayor parte del tiempo en aquel pequeño rincón situado cerca de la tapia. La otra en el otro extremo. Así, en la cabeza de Luis se dibujaban los cuatro puntos cardinales: el de los nichos, el de las cruces de su bisabuelo y la tía de su abuela, el de la cruz de su tatarabuela y un último punto cardinal que señalaba a la única zona del cementerio que visitaba él solo. La zona de los niños muertos. Pequeñas cruces señalando pequeños ataúdes bajo la misma tierra yerma y borracha de sol. Aprovechaba la más mínima ocasión para abandonar a su madre y a su abuela y alejarse de ellas dirigiendo sus pasos a la zona de los niños muertos. A comprobar nombres, a observar con detenimiento las fotografías de esos bebés engalanados que nunca llegaron a ser nada más. Niños muertos de hambre. Niños muertos de pobreza. Niños muertos de guerra. Su preferida era una pequeña tumba de un niño de apenas tres años, una tumba perfectamente colocada entre cuatro pequeños árboles escuálidos que parecían llevar siglos sin evolucionar. Se llamaba Nicolás y era el único de los niños muertos al que podía atar de alguna forma al presente, ya que su madre todavía vivía y era vecina de su abuela. Sesenta y un años después de enterrar a su pequeño hijo todavía caminaba hasta el cementerio para llevarle un pequeño ramo de flores la víspera de todos...

Bienvenidos al PLANETA SANCET

Bienvenidos al PLANETA SANCET Compañeras y compañeros, os doy la bienvenida a mi pequeño planeta, al Planeta Sancet. En esta sección podréis encontrar relatos cortos, poemas o artículos de opinión… según me vaya apeteciendo. Seré muy fiel con vosotr@s y todos los MIÉRCOLES tendréis vuestra dosis de Planeta Sancet. De esta forma, desde el colectivo Insolenzia – Carcajada Records seguimos apostando la unión del rock y la literatura a todos los niveles. Agradeceré vuestros comentarios, vuestras preguntas y que compartáis en vuestras redes sociales. Queremos que este apartado sea una sección viva y con mucha participación. El próximo Miércoles 29 estreno!!! Salud y libertad. Daniel Sancet...
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