Domingos aburridos

Domingos aburridos

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Salambé; Madrid

Los domingos son aburridos y suelen ir acompañados de un agudo dolor de cabeza que nunca sé de donde viene aunque siempre encuentro alguna pista en el cenicero, en el cd que descansa sobre la mesa del comedor y en el vaso vacío que encuentro delante de mis narices nada más levantarme. Los domingos amanezco en el sofá con la tele encendida y una profunda sensación de vacío que no me abandona hasta que llega el lunes. O el martes. O el miércoles. Eso depende. Los domingos me dejó llevar sin ninguna esperanza en cumplir lo prometido, aunque tenga examen al día siguiente, aunque haya comida familiar, aunque haya quedado con alguien que por mucho que me importe siempre me importa menos que yo mismo. Los domingos no estoy para nadie y aquel domingo no iba a ser diferente.

Quemé los restos del sábado sobre la palma de mi mano, me preparé un colacao con cereales y puse toda mi atención en ese programa de la tele que te muestra hoteles maravillosos que nunca podré visitar. Mi compañero de piso salió a trompicones de su habitación con una sonrisa de oreja a oreja y con todas las prisas del mundo envueltas en su uniforme de repartidor de pizzas. Llegaba tarde al curro. Me dijo algo de que llegaría antes de que se despertase pero no le hice ni puto caso, en Dubai hay un hotel con suelos transparentes para ver los peces que nadan debajo. Cerró de un portazo y yo me quedé dormido bajo los efectos sedantes de las caladas que se dan casi en ayunas.

Amanecí cuando el sol de la tarde entraba a borbotones en el comedor de nuestro piso de estudiantes. Los Metallica había okupado la habitación de mi compañero de piso y estaban ensayando. Su puta madre. Había llegado de currar y había puesto la música a toda hostia sin importarle la calidad de mi resaca y mi profundo respeto al descanso dominical. Decidí reunir todas mis fuerzas y levantarme del sofá para mandarle a tomar por el culo sin ningún tipo de miramiento. Estaba mentalizándome para ello cuando la música se paró por completo. Tumbado en el sofá, con la mirada clavada en la puerta de su habitación observé con detenimiento como se abría lentamente y aparecían unas preciosas piernas desnudas que atravesaron rápidamente la habitación y se colocaron frente a la ventana. De espaldas a mí. Ella hablaba por el móvil sin ganas, con la despreocupación del que se sabe a solas.

Me quedé observando en silencio el maravilloso espectáculo que tenía ante mí. Tan solo una camiseta holgada evitaba el desnudo integral más maravilloso que jamás hubiese observado. Una camiseta llena de agujeros que como zarpazos de una noche salvaje dejaban al descubierto una sensual y atlética espalda. Colgó el móvil y se quedó mirando por la ventana conforme iba estirándose lentamente de forma felina y tremendamente hipnótica. Un estiramiento que no fue sino un nuevo regalo para los ojos que observaban en silencio y que ahora saboreaban ese culo sin ropa interior, esa curva sinuosa que bajaba por todo su costado para hacerme desembocar en sus caderas y perder la noción del espacio y del tiempo. El deseo por tocarla era tan poderoso que no supe reaccionar. Ella se giró y tras sus ojos somnolientos se dibujó un leve gesto de sorpresa. No la había visto nunca, tendría un par de años menos que yo pero miraba con una seguridad que me desarmó por completo. Ella fue la que habló, la que preguntó y la que no hizo absolutamente nada por evitar que mi deseo fuese cada segundo más fuerte. Luego se sentó a mi lado, me pidió fuego, me dio de fumar y, tras más de media hora de aguantar mi silencio más estúpido, se levantó y entró en la habitación de mi compañero de piso. Desde el sofá observé como se ponía un minúsculo tanga y unos apretados vaqueros y salía de nuevo sonriéndome con sus labios carnosos. Me dijo que ya nos veríamos. Le saludé con la cabeza. Y fue recorriendo los pasos que la separaban de la puerta de casa con mis ojos clavados en ese culo soñado que parecía bailar lentamente para mí.

Cuando llegó mi compañero yo seguía en el sofá. La tele seguía encendida. El cenicero, el cd y el vaso vacío seguían en el mismo sitio. Pero los domingos ya no eran tan aburridos.

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