Mis ojos lamiendo su piel

Mis ojos lamiendo su piel

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Cris; Figueruelas (Zaragoza)

Nunca olvidaré aquel día del verano pasado. Hacía un calor abrasador y habíamos alquilado un apartamento en la playa entre varios amigos. Éramos seis. Marcos y Sergio se habían encargado de comprar lo suficiente para beber, comer y fumar hasta que reventásemos. Inés y yo nos habíamos encargado de encontrar un apartamento lo suficientemente barato para nuestro escaso presupuesto. Pablo había buscado por internet las mejores playas de la zona y Sandra, su novia, nos había conseguido a todos invitaciones para una fiesta que hacían a unos treinta kilómetros de donde teníamos el apartamento.

Llegamos a las doce del mediodía. Descargamos el escaso equipaje que llevábamos y pusimos rumbo a una de esas playas que había encontrado Pablo. Nada más llegar salimos corriendo hacia el agua. Todos. Un sentimiento de euforia adolescente nos invadía y las risas flotaban entre nosotros. Éramos seis amigos dispuestos a disfrutar al máximo este fin de semana en el que huíamos de la rutina de nuestros trabajos y estudios. Un par de horas después regresamos al apartamento para comer unos deliciosos espaguetis que había preparado Sergio, mientras Marcos se encargaba de que no nos faltase una cerveza que llevarnos a la boca. El humo llenaba la habitación y los minutos fueron cayendo mientras nuestros sentidos iban dejándose llevar con placer, obnubilados por el efecto mágico que el alcohol y el chocolate hacía en nuestras conciencias. Compartíamos alegría a voz en grito. No nos importaba nada, salvo ese instante.

La tarde transcurrió entre baños y latas de cerveza. La arena y el Mediterráneo eran el decorado perfecto para nuestra amistad hambrienta de juerga. Todo pasó demasiado rápido y cuando el sol decidió recogerse, nosotros regresamos al apartamento para cenar algo y prepararnos para salir a disfrutar de la noche.

La casa se llenó de actividad. Mientras unos preparaban la cena, otros iban duchándose y el caos comenzó a abarcarlo todo. Marcos preparó unos cubatas y empezó a ofrecernos chupitos sin descanso. Inés y Sandra ocuparon el baño de nuestra habitación ya que el otro había sido declarado zona catastrófica tras el paso de Sergio por el wáter. Estábamos todos sentados en el salón del apartamento, todos menos Inés y Sandra, saboreando nuestros cubatas entre sonoras carcajadas. Pablo casi no podía articular palabras, Marcos parecía empeñado en emborracharlo hasta que perdiese el conocimiento y Sergio se había convertido en el perfecto aliado para conseguirlo. Yo no podía quitarme de la cabeza la imagen de Inés y Sandra compartiendo nuestro baño. La imaginación es un arma tremendamente afilada.

Unos diez minutos después Inés salió de nuestra habitación y nos dijo que Sandra estaba terminando de ducharse y que en seguida cenaríamos. Me levanté y les dije que me iba a cambiar. Caminé hasta nuestra habitación con sigilo y entré procurando no hacer ruido. Ese era mi día de suerte.
La puerta del baño estaba ligeramente abierta, lo suficiente para ver la espalda desnuda de Sandra y su melena rubia recogida en una coleta. El corazón se me aceleró hasta casi pasarse de revoluciones. Tenía que actuar con cautela. Cerré la puerta de la habitación y recoloqué mi posición hasta un ángulo más lateral que aumentaba mi visión. El espejo me devolvía la imagen del rostro de Sandra, estaba usando con delicadeza una crema facial; su tatuaje parecía mirarme con detenimiento, observando mis lentos movimientos mientras yo contenía como podía la respiración. No podía conformarme, necesitaba más. Me arrimé a la pared, obteniendo un ángulo todavía mayor que me mostraba el culo menudo de Sandra en todo su esplendor. Su piel ligeramente morena contrastaba con suma belleza con el blanco inmaculado de un culo que deseaba agarrar con ambas manos. El contraste entre ese blanco inmaculado de su piel nunca mostrada y ese moreno tostado que atrapaba miradas en la playa, me volvía loco. Tremendamente loco. Necesitaba más. Si conseguía subirme a la silla sin hacer ruido el espejo me devolvería la visión de ese pecho cargado de lujuria. Siempre había deseado en secreto ver los pezones que escondía Sandra tras esos generosos escotes que alimentaban el deseo. Era mi oportunidad.

Me subí a la silla con sigilo y nada más incorporarme la plenitud de sus tetas eclipsó todo lo que había a mi alrededor. El blanco del bikini volvía a regalarme ese mágico contraste que ya había disfrutado en su culo. Me encantaba su piel, esas tonalidades tan cercanas que hechizaban y que jugaban con la visión hasta arrastrarme a unos enormes pezones rosados que me secaron la boca por completo. Sus aureolas lucían tremendamente abultadas como unos fresones maduros a los que apetece morder con suavidad, pasear la lengua con pausada lujuria y terminar envolviendo con mis labios para succionar ligeramente hasta que el placer electrificase todo su cuerpo.

Pensaba todo esto mientras ella había comenzado a extenderse por todo el cuerpo la misma crema hidratante que usaba Inés. El espectáculo era de una belleza agonizante. Sus manos recorrían con seguridad y firmeza ese cuerpo del deseo, mientras mis ojos iban lamiendo cada centímetro de su piel. Volví a detenerme en su culo pequeño y firme. Volví a detenerme en su espalda cargada de erotismo. Volví a detenerme en su tatuaje para descender nuevamente hasta esas tetas que negaban la ley de la gravedad y se mostraban orgullosas y redondas. No quería olvidarme de esa multitud de rosas pintando el cuerpo de Sandra, deseaba poder regresar a esos pezones más adelante. Fue entonces cuando descubrí su mirada cruzándose con la mía. Todo tenía que detenerse, había llegado el final. Me puse a tocar la pared con ambas manos como si estuviese arreglando o buscando algo. Por el rabillo del ojo, el espejo me mostró media sonrisa y el mismo cuerpo desnudo que ahora empezaba lentamente a vestirse de nuevo. Fue justo en ese instante, en ese momento mágico en el que me lo aposté todo a doble o nada, cuando saqué el móvil del bolsillo y disparé tres veces antes de que se pusiese el sujetador.

Después salimos de bares. Bebimos y reímos hasta que amaneció. Yo no podía quitarme de la cabeza el cuerpo desnudo de Sandra dibujado en el espejo para mí. Eso y en las tres fotografía que guardaba en mi móvil y que siempre que quisiese devolverían a mis ojos el placer de lamer su piel. Desde entonces cada vez que me muestra esa media sonrisa regreso al espejo del baño en el que ambos supimos jugar nuestras cartas para que el deseo envolviese este recuerdo para siempre. O eso quiero creer.


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