Tenía veinte años

Tenía veinte años

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Chema Castro Pérez; Barcelona

Yo solo esperaba. Esperaba sin prisa, sabiendo de antemano que algún día todo cambiaría. Me dejaba llevar por el tiempo sin saber que la ausencia de luz me impedía ver con nitidez a la soledad carcomiéndome por dentro. Mis ojos habían olvidado mirar pues nada encendía la pasión que toda persona necesita para hacer algo más que respirar.

Tenía veinte años y nunca había besado a una chica. Mis labios nunca se habían vestido con la saliva del placer. Mis manos nunca habían explorado con deseo otro cuerpo. Mi lengua no había conquistado ninguna boca. Y no me importaba. El desconocimiento puede ser tan triste que cuatro paredes de piedra pueden esconder para siempre el más valioso de los tesoros y nadie darse cuenta de ello. Cuatro paredes frías. Piedra testigo de años de ausencias. Frío y tinieblas. Y afuera… afuera no hay nada hasta que los ojos no vean.

Esperar es hablar con las sombras para contarles tus más oscuros deseos. Esperar es desmigajar cada noche entre páginas de libros que te hacen vivir otras vidas. Esperar es sentirte vacío y sonreír para que nadie lo sepa. Esperar es caminar en círculos. Esperar es resignarse y soñar despierto. Esperar es aceptar la soledad en silencio, con pausa, eligiendo la fría compañía de tu habitación imaginaria. Quemarlo todo por esperar sabiendo que algún día merecerá la pena.

He bebido del fuego y he absorbido el humo. He reptado en bares oscuros. He llorado quebrándome los nudillos contra las paredes. He mordido el vacío de mi ausencia. He renunciado a todo por alguien que solo vivía en mi cabeza, por alguien que había nacido en páginas y páginas de otros autores, por alguien que estaría en algún lugar. En otra habitación de piedra. También asfixiada. También ausente. También perdida.

Acepté mi condena sin saber lo que hacía al hacerlo. Decidí anidarme en un rincón, alejado de todo. Resbalé por las sábanas sudadas y me vacié en pañuelos de papel acartonado. Construí un imaginario en el que ella nacía de un manantial helado rodeado de la naturaleza más salvaje.

Y una noche el suelo tembló y las paredes cayeron a mis pies. No había fuente, ni montaña, ni bosque. Tan solo una calle plagada de gente y la chica morena de rostro aniñado sonriendo a mi lado y mirándome con esos ojos que siguen haciéndome temblar.

Tenía veinte años y nunca antes había sabido con certeza lo que era la libertad. La oscuridad de mis cuatro paredes me había cegado por completo y un golpe de luz tan intenso pudo cegarme para siempre. Sonaban los Ramones en la lejanía y mis pies bailaban al son de su pelo. Hoy aquella noche sigue estando tan cerca que los años no pesan. Si pudiera pedir un deseo pediría que toda la gente que quiero pudiese encontrar lo que yo encontré después de esperar en silencio.

Hoy nuestras paredes están regadas con sueños. Hoy nuestros ojos se muerden entre risas. Hoy nuestras lenguas caminan de la mano en la noche y en el día. Ya nada fue igual desde que abandonamos la caverna. Nada fue igual. La chica que anidaba en mis sueños, aquella de la que me enamoré sin conocerla, tiene nombre de cascabel y sabe todo lo que hay que saber. Ella es el más feliz de mis días. Ella es el escenario. Ella es el latido que me mantiene con vida. Ella es el cuerpo del deseo, la reina del tanga, la voz quebrando el silencio. Tenía veinte años y siento que todavía los tengo.

Siempre he sido demasiado aficionado a los extremos, por eso guardo una bala que morderá mi paladar si dejo de escuchar su respiración.


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