Dos con cuarenta y cinco

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Entró al despacho sin levantar la vista del suelo. Llevaba pensando en ello demasiado tiempo. Sabía lo que tenía que hacer. Se colocó delante de la mesa de Don Ignacio, se sacó una mano del bolsillo de sus vaqueros y con la otra siguió jugando con los dos euros cuarenta y cinco que le habían sobrado del café. Esperó a que él hablase primero.

¿Qué es lo que quiere Gutiérrez? – tenía esa mirada vacía que tienen los que están acostumbrados a tomar decisiones que afectan a demasiadas personas.
Vengo por lo de la circular – intentaba mostrarse seguro pero ese ligero temblor al final de la frase le delataba. Ambos lo sabían.
Ya – Don Ignacio parecía distraído, quizá esperaba una llamada, quizá algo le preocupaba o quizá le importaba una mierda lo que fuese a contarle el operario más joven de la planta veinticuatro – creo que está todo bastante claro.


Cuando llegó a casa se encontraba demasiado cansado y decidió que no iría al gimnasio. Se abrió una cerveza y se sentó delante del ordenador. Miró los correos electrónicos. Llamó a su madre. Se conectó al facebook y publicó en su muro una fotografía del euro con cuarenta y cinco que le quedaba en el bolsillo. Era todo lo que le quedaba y todavía faltaban ocho días para que terminase el mes.

Apagó el ordenador. Se dio una ducha y salió a dar una vuelta. Silvia estaba de viaje, así que pensó en quedar con alguno de los del fútbol pero nadie contestó a su whassap. Al final se metió en el bar de debajo de su casa y se pidió un bocadillo de tortilla francesa y una cocacola. Tenía hambre. Cogió el periódico y buscó en la sección de ofertas laborales. Hacía mucho tiempo que no buscaba trabajo, llevaba siete años en la misma empresa. Toda su vida laboral. Y ahora…


Lo de la circular fue el detonante de todo. Tenía todo pensado, iba a exigir que diesen marcha atrás. Los sindicatos habían planificado una acción de protesta, pero hacía tiempo que ese tipo de cosas no servían de nada. Varios compañeros habían sido despedidos y nadie hacía nada. Pero él tenía muy claro lo que iba a hacer.

Con su curriculum y su experiencia no tendría problema en encontrar trabajo. Estaba seguro de ello. Por eso había decidido pedir el despido. Había demasiadas cosas de la empresa que no le gustaban. Pero antes de irse quería dejar muy claros sus motivos, así que había ensayado muy bien su discurso. Había pensado en las entonaciones de cada frase, había estudiado sus movimientos delante del espejo. Quería que Don Ignacio se marchase a su casa sabiendo todas las cosas que habían hecho mal. Y quería que supiese que había perdido al mejor de sus empleados. Eso quería.

Después de terminarse el bocadillo de tortilla francesa y la cocacola llamó al camarero y le dijo que no podía pagarle pero que en cuanto saliese de la cárcel pasaría por allí para saldar su cuenta. Se levantó, le dio la mano y salió del local. Nadie le dijo nada.


Tenía las frases adecuadas en el orden adecuado y con la seguridad que le daba el hecho de estar haciendo lo correcto. Pero no contaba con su risa. Ni con la humillación. Ni con la soberbia. No pudo evitarlo.

Don Ignacio abrió los ojos de par en par pero apenas emitió ningún ruido. Le pilló todo por sorpresa. Tenía un abrecartas clavado en la yugular y se estaba desangrando sobre la mesa de su despacho. No entendía nada. Hace un momento estaba pensando en marcharse el fin de semana a la playa y ahora le quedaban apenas unos segundos de vida. El pánico le invadió por completo pero no tuvo tiempo de gritar.

Antes de salir del despacho le metió a Don Ignacio una moneda de un euro dentro de la boca. No sabe por qué lo hizo, pero lo hizo.


Al abandonar el bar pensó en coger el coche y largarse de allí. Volver al pueblo. Salir del país. Cualquier cosa. Pero dirigió sus pasos a la comisaría del barrio. Iba a contarlo todo. Estaba demasiado cansado.


Le despertó el ruidoso despertador. Se vistió con la misma ropa que el día anterior. Llegó tarde al trabajo y Don Ignacio le pidió que fuese a su despacho.

Si sigue usted así no tendré más remedio que despedirle – la misma mirada vacía, el mismo desprecio – reparta esta nueva circular y vuelva a su trabajo.
Por supuesto Don Ignacio.

Cuando salió del despacho ya solo le quedaban cuarenta y cinco céntimos en el bolsillo.