El rey de las palabras perdidas

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Francho Lafuente; Pamplona.

El tiempo se ha comido el trono desde donde pensaba gobernar el mundo. El lodo abraza sus brazos con el egoísmo entumecido del que se sabe vencedor. La silla escolar desde donde planeé dar un golpe de estado a nivel mundial. He sido traicionado por el tiempo y he tardado en comprenderlo más de treinta años. Soy un rey derrocado.

Observaba la EGB desde mis gafas de miope vergonzoso. Nadie supo adivinar que tras esa cara de niño bueno se escondía un plan maquiavélico que consistía en eliminar para siempre el dinero. En mi reino no habría ricos ni pobres.

Siempre fui un niño tímido y callado. Acostumbrado a observar con detenimiento antes de abrir la boca. Siempre supe que las palabras eran mis mejores aliadas, las mejores armas que podría disponer. Así que me dediqué a conocerlas con precisión. Escribir era el mejor de los ejercicios de adiestramiento para poder plantar batalla cuando llegase la ocasión. Nunca nadie me vencería. Me convertí en el rey de las palabras perdidas y decidí no tener ni himno, ni escudo, ni bandera. No me hacían falta.


Y hoy solo el olvido envuelve aquello en lo que soñé. Y hoy el trono abandonado es pasto de los mediocres. Y hoy se ha convertido en el peor de los mañanas.


En el tiempo en el que la silla desterrada olía a chicle de fresa y a sudor infantil tan solo necesitaba cerrar los ojos para volar. Mi vieja máquina de escribir hablaba de destierros y desheredados, hablaba de perdedores, hablaba de los que nunca hablaba nadie. A mi alrededor siempre había alguien dispuesto a jugar con mis historias, aunque el papel de rey siempre lo ostentase yo.

En ocasiones el miedo me susurraba en la noche y yo lo desterraba paseando en la oscuridad para vestirme como ella. Saberme sombra antes de que la sombra me devorase.

Fue entonces cuando supe que la muerte estaría esperando. Fue entonces cuando fui consciente de que nadie la podía evitar. Ni si quiera yo. Ni siquiera el rey de las palabras perdidas. Todavía no tenía vello púbico y ya temía que llegase el día en el que todo se acabase.

Por eso comencé a correr. Por eso me convertí en el más cobarde de los desterrados. Por eso ocupé mi tiempo con el vacío mediocre que me rodeaba. Por eso abandoné mi trono y empecé a ahorrar para comprar un cómodo sofá y una hipoteca donde poder colocarlo.


Hoy paseando entre las sombras de un bosque que nunca me ha pertenecido me he perdido durante cien años de soledad y me ha despertado una lluvia amarilla bajo la cual el único hereje era yo mismo, aquel que buscaba el lugar de un hombre y solo encontró una montaña mágica y un guardián entre el centeno. Entonces lo he entendido todo.


La silla sigue en el mismo lugar. Sigue oliendo a chicle de fresa y a sudor infantil. Sigo siendo el rey de las palabras perdidas. Sigo en la misma escuela pública. No hay lodo. Ni soledad. Ni silencio. Todavía puedo cerrar los ojos y volar. Todavía sigo construyendo ese planeta que siempre he soñado. No hay ricos ni pobres. Tan solo gente que entra y que sale para leer lo que brota de las plantas.

La silla no está vacía. Sobre ella hay un niño con gafas que grita “oh capitán, mi capitán” por todos los maestros que me enseñaron a soñar.


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