La hora de las bienvenidas

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Charly Rockandroll; Madrid.

No hay flores en la basura ni despedidas golpeando en los andenes. Diciembre muere frío como un cuchillo. Las horas se desangran ante los ojos impasibles de las viejas puertas cerradas. La estación gastada de tanto esperar se llena de óxido y memoria mientras las personas llegan y se van. Siempre en silencio. Un frío silencio de diciembre que se cuela en la memoria para tatuarla con sus miedos. Diciembre huele a ausencias desde que navidad se escribe con minúsculas.

Son las once y treinta y cinco de la mañana. Todo parece tan quieto que tan solo mis ojos siguen con vida. Sigo esperando como si todavía no hubiese entendido que la espera es para aquellos que todavía guardan esperanza. Yo perdí por el camino un corazón amoratado y ciento dos promesas olvidadas. El reloj sigue avanzando y entonces lo recuerdo: había llegado hasta allí esperando el tren de las once cuarenta y cinco. Estaba a punto de llegar. Diez minutos más. La hora de las bienvenidas y las palabras nunca antes pronunciadas. Todo estaba a punto de cambiar. Por eso este diciembre merecería la pena. Podría volver a usar algunas mayúsculas. Podría volver a hablar con la boca llena. Podría volver a sonreír sin miedo a que alguien me mirase como se mira a un leproso. Solo quedan nueve minutos. Estoy tan nervioso que casi ya no siento frío.


Antes de los cartones y del veneno en las miradas. Antes de la mano extendida. Antes de los dientes rechinando y los niños que me miran. Antes de los bolsillos agujereados. Antes de este olor agrio y fermentado. Antes de las noches que no cesan, de los pies siempre arrastrados, de la soledad en los espejos. Antes de que yo esperara en la estación la hora en que tú volvieras.

Antes yo también cenaba en mesas repletas, rodeado de personas que reían y gritaban como todos los días de fiesta. Yo también compartía recuerdos a voz en grito y criticaba sin miramientos aquello que yo mismo hacía. Yo también devoraba el pan y las más exquisitas suculencias. Yo también tenía abuelos, y padres, y tíos, y primos, y suegros, y sobrinos. Yo también tenía con quien discutir en días señalados y fiestas de guardar. Yo también sabía lo que era el calor de un año más compartido y los anuncios de turrón y las canciones que destrozan los tímpanos con sus agudos insoportables y los centros comerciales siempre abiertos. Yo también tiraba comida.


Ya solo queda un minuto. Nadie más ha acudido a la fiesta. Nadie espera en la estación la llegada del tren de las once cuarenta y cinco. Peor para ellos. El tren llegará entre silbidos electrizantes y tan solo yo mantendré los brazos abiertos. Tan solo yo estaré esperando.

Ya ha llegado la hora y parece que nace en el horizonte un tenue ruido de ruedas metálicas arañando las vías. Un sonido en la lejanía que se acerca poco a poco. Segundos que se transforman en minutos alargados de forma prolongada hasta casi llegar a la eternidad. La derrota es la más cruel de las realidades. Debería haberme acostumbrado.

Retiré los cartones, me levanté, cogí la bolsa del mercadona donde guardaba algunas de mis pertenencias y me alejé lentamente de la vieja estación abandonada. Las puertas seguían cerradas. Los bancos seguían vacíos. El reloj seguía parado. Hoy tampoco llegaría ningún tren. No importaba que fuese navidad de nuevo.


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