Quería besarla

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: María J. Díaz; Madrid.

Llevabamos trabajando unos tres años en la misma oficina y nunca me había fijado en ella de la forma en que lo hice la semana pasada, cuando compartimos aquel cigarro en la terraza de la quinta planta. Miento. Me fijé en su culo desde el primer día, desde que comenzó a trabajar. Un culo bien dibujado bajo unos apretados vaqueros, un culo difícil de evitar con la mirada. Roza la cuarentena y tiene un hijo de casi cinco años, eso me dijo su ficha de trabajo cuando busqué en el fichero la semana pasada. No pude evitar sorprenderme. Nunca lo hubiese dicho. Su forma de caminar, su cuerpo menudo y bien definido y su mirada casi inocente me habían llevado a dibujarme una idea completamente equivocada de ella. Nunca me habían gustado las mujeres mayores que yo.

Estoy enganchado a Weeds. No soy muy amigo de las series, pero mi compañera de piso siempre tiene el ordenador preparado para ver una u otra. Comencé a verla porque me dijo que iba de una mujer que comenzaba a vender marihuana en un barrio de ricos para sacar a sus dos hijos adelante, el argumento de primeras me pareció original aunque tampoco puse demasiadas expectativas en la pantalla. Fue la protagonista de la serie la que me fue atrapando poco a poco con un magnetismo casi hipnótico. Exactamente lo mismo que me ha pasado con mi compañera de trabajo.

Ese cigarro compartido fue como un gesto de complicidad que me encendió las entrañas. Una sonrisa deliciosa dejaba entrever sus dientes blanquísimos ligeramente separados entre sí, una sonrisa demasiado adolescente, una sonrisa que apetecía devorar poco a poco. Una hierática timidez acumulada tras años de fracasos en las conquistas femeninas, me impedía romper la distancia de seguridad entre compañeras o amigas. Nunca he sabido cuando establecer contacto físico con otra persona. Pero esta vez fue ella quien posó su mano sobre mi hombro con despreocupación mientras yo le daba profundas caladas a un cigarro casi consumido. Un maremoto de dimensiones descomunales golpeaba mis órganos vitales con solo sentir su mano tocando mi hombro. Y una fuerza sobrehumana salida de lo más profundo de mi subconsciente me ayudó a acariciar su brazo con la excusa de que el frío le había puesto la piel de gallina. Quería besarla con todas mis fuerzas pero me conformé con acariciar su piel tras una falsa naturalidad mal disimulada. Ella lo sabía todo. Lo sabía y le divertía.

Después todo giraba a su alrededor. Ella revoloteaba sabiendo que mis ojos no podían dejar de seguirla. La distancia de seguridad había quedado echa añicos y cualquier excusa era buena para buscar un gesto o un roce que aumentase nuestra complicidad. En una ocasión se puso a ordenar unos papeles en mi mesa, yo estaba de pie y ella se agachó a abrir el último cajón. No podía dejar de mirarle el culo, de mirárselo con tanta devoción que cuando quise darme cuenta ella había girado su cabeza y me miraba sonriendo sin cambiar de posición. Todo era tan evidente que mi cabeza no podía pensar en otra cosa. Mi trabajo pasó a un segundo plano y tan solo me preocupaba de pasar cada vez más tiempo a su lado, intentado ir ganando terreno, buscando el valor suficiente para besarla.

Hoy he entrado en el baño y ella se estaba lavando las manos. El mínimo espacio que separa la pared del lavabo se ha aliado conmigo y ha provocado que nuestros cuerpos se rocen durante más tiempo y con mayor intensidad. He pasado lentamente. Ella me miraba por el espejo y se mordía ligeramente el labio inferior. Se ha girado y ha esperado a que pasase al pequeño cuarto de la taza del wáter. He tardado en mear más de la cuenta y, al salir, ella seguía allí. Había llegado el momento.

Los primeros besos sabían a menta. Después se disfrazaron de ginebra y antes de que terminase la noche su boca sabía a mí. Me he despedido del trabajo porque no quiero volver a verla, si no lo hago hubiese perdido la vida y la cabeza. Ahora ella seguirá jugando a que alguien la quiere y yo seguiré acumulando desgracias como un cantautor. Yo solo quería besarla, no que me hiciese perder la razón.


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