Sangro por dentro

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Ana Pardos; Zaragoza.

Sangro por dentro. La noche se inyecta pesadillas a mi costa y yo permanezco acurrucada en el oscuro rincón que ha quedado virgen de luz. Justo entre la puerta y la pared. Al lado del tarro de cristal en el que iba guardando cada una de tus sonrisas. No puedo levantarme porque si lo hago puede que el suelo se derrumbe: tu ausencia pesa demasiado.

Llevo horas esperando que el día me arranque los ojos, deseando que un soplo de cierzo entre por la ventana y me aplaste contra la pared. No quisiera haberlo visto. Pero lo vi. Pienso en silencio sobre aquello que nos prometimos desnudos sobre las sábanas y me arranco la ropa a jirones buscando destruir la realidad. No lo consigo. Mi rabia no puede con los tejidos sintéticos y ahora son mis manos las que sangran, no entiendo cómo pero sangran. Ahora sangro por dentro y por fuera. Y grito, grito desesperada porque no consigo entender nada, porque quiero que alguien acuda a mi rescate y que nada de esto haya pasado, que todo siga igual. Me callo; un grito no puede invertir el orden de las cosas, ni provocar un giro en el argumento, tampoco puede hacer que todo empiece de nuevo. Me echo hacia atrás y me lanzó hacia adelante para que mi cabeza impacte contra la pared impulsada con todas mis fuerzas. Pierdo el conocimiento.

Hay canciones que perduran por encima del tiempo por eso el roce de tu cuerpo me invita a buscar en tus labios lo mejor del deseo mientras la insolencia de tu boca entreabierta soñaba calentar lo de abajo del ombligo. Mastico saliva reseca pero sigo sin estar aquí. Hay canciones que quisieras no haber vivido nunca por eso la sombra del cuervo llama a tu puerta con un solo dedo, luego empezaré a tejer te quieros en un papel y sabré que prendí las cenizas de un fuego apagado que nunca dio calor. Hay una tenue luz que quiere colarse entre mis párpados. Debe ser que estoy regresando.

Un profundo dolor de cabeza parece eclipsar el abismo abierto en la boca de mi estómago, la opresión ininterrumpida en mitad de mi pecho, la sensación de frío que recorre cada una de mis venas. Aunque cuando recupero completamente la conciencia todo vuelve a morder con la misma intensidad el hielo ejecutor. La soledad. El miedo.

Intento controlar una respiración desacompasada que ha dejado de ser mía. Me agarro las rodillas en posición fetal y vuelvo a la imagen reflejada en mi retina. Una bandada de gritos se expande por la habitación rebotando en las paredes para volver a mí. Me asusto de mi misma y sigo gritando de forma desesperada. Quisiera ser la misma chica de ayer, la que sonreía al verte entrar por la puerta. Es imposible. Mis ojos no mienten: lo vieron. Ya nada podrá ser igual.

Es entonces cuando me incorporo y ando a trompicones hasta el baño. Me posiciono frente al espejo y abro uno de mis ojos con fuerza para verlo en su totalidad. Rememoro la imagen de Buñuel. Y lo hago.


 

MÁS PLANETA SANCET:

 

Dos con cuarenta y cinco.

Sálvame si puedes.

Víspera de todos los santos.