Soñar con la última calada

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Isabel Marco; La Luna.

El día entra en su recta final. Las últimas horas del año van desangrándose una a una. Ya nadie espera conseguir lo prometido. Es demasiado tarde para llegar hasta el final. Las calles están repletas de gentes que vuelan felices a lomos de sus tarjetas de crédito. En unas horas los confetis reinarán en la noche y el baile de las hienas será la única de las opciones posibles. La noche es solo suya.

Hace trescientos sesenta y cinco días todo era posible. Parecíamos más jóvenes y nos sentíamos más fuertes. Nada ocurre en balde por eso nuestras almas se marchitan poco a poco con cada uno de los selfies que colgamos en nuestras redes sociales. He pasado la mañana arañando el sofá con mis uñas de gata y entre jirones de colores he encontrado un playmovil con traje de astronauta y he jugado con él hasta que ha muerto de pánico escénico. Creo que le ha dado un sabinazo. Después he comido merluza, puede que ya sea adulto y nadie me haya avisado.

Por la tarde los actores han abierto el telón a hurtadillas. Un telón de seda negra y guirnaldas de chocolate. Antes era de acero. Desde que lo compró la cocacola ya no es de nadie. O eso dicen. Ellos. Los actores ya no viajan en carromatos por los caminos que no llevaban a ninguna parte; ahora los actores viven en un plató de mediaset y violan constantemente la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Porno televisado para estómagos domesticados. Y sin embargo puedo dormir la siesta mientras la entradilla me dice que soy un náufrago y los actores se preparan para la función de la tarde. Y solo es un día más, el último día del año.

Todas las casas se llenan de visitas. Ruidosas. Bulliciosas. Escandalosas. Y yo me retuerzo de rabia pero me dejo acariciar. Por si se molestan. Por si me echan de casa. Por si dejo de hacer tan buena compañía. Tengo que ponerme a escribir o algún listo me vendrá con eso de que no nos puedes volver a fallar. O follar. No sé. Espero que haya alguna foto de alguien desnudo o desnuda en mi correo electrónico. Bien. Premio. Desnuda. De cintura para arriba. Eso me gusta. Copiar y pegar en la carpeta correspondiente. Me relamo de placer y me dispongo a tirotear el teclado como si me fuese la vida en ello. No pienso hablar de la muerte. No pienso hablar de aureolas abultadas y rosadas. No pienso hablar de la soledad, ni de mis miedos a la cuenta atrás, ni de nada que tenga que ver con cerrar los ojos y temblar. No pienso hablar de un cuerpo felino paseándose desnudo por delante de mis ojos. No pienso hablar de nada, seguro que hoy nadie me lee.

Aprovecharé el calor de la leña ardiendo lentamente para soñar con la última calada. La última del año. Soñar con el verde de la primavera besando tus labios. Y emigrar del rock para siempre porque el rock ya no es de la calle. Las lentejuelas brillan demasiado. El rock es un dinosaurio comiendo césped en la puerta de un gran edificio en llamas. Nuestros caminos se han separado para siempre. Pero no tengáis miedo compañeros, somos mejores que ellos y encontraremos una palabra que nos una y nos defina. No os dejéis engañar con sus armas de destrucción masiva. El pelo se me eriza con solo pensarlo. El sueño de los valientes será la pesadilla de los cobardes. Ya lo sabéis todo sobre mí. Decidí darlo todo por vosotros. Soy vuestro y podéis hacer lo que queráis conmigo. Estaré siempre al otro lado de la pantalla. Ronroneando. Para vosotros.

Nos leemos. El año que viene. El año de la victoria final.


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