Tirémonos al monte

RELATO/OPINIÓN – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Víctor Rodríguez; Alagón (Zaragoza).

Miré el móvil por segunda vez en lo que iba de mañana, tenía un total de treinta y siete llamadas perdidas, catorce mensajes y cantidades ingentes de whassaps. Lo volví a meter en el bolsillo de la cazadora y seguí caminando. No tenía un destino concreto, tan solo quería andar en silencio y dejarme llevar por los caminos empedrados de la montaña. Lejos de todo.

Las pequeñas cosas siempre me han hecho feliz, esas pequeñas cosas a las que no damos importancia. El día a día nos arrastra hacía un remolino de cuentas pendientes y preocupaciones que nos absorbe sin piedad. Dicen que el estrés es la enfermedad del nuevo siglo, aunque la enfermedad somos nosotros mismos. La sociedad se está suicidando pero es en defensa propia. Todo se desmorona. Las hipotecas, el trabajo, los números rojos y la cesta de la compra han lapidado tesoros tan importantes como la sonrisa de una madre, el buenos días de tu pareja con las legañas todavía agarrando sus párpados, la conversación cotidiana de un padre, la caricia del hijo, la mirada de una abuela llena de sabiduría… Estamos tan equivocados que deberíamos tirarnos al monte. Todos. Al monte de nuevo. Como antaño. Como debería ser. Solo nosotros.

Nos han fusilado con publicidad desde nuestro mismo nacimiento. Nos han torturado llenando nuestro ser de un desasosiego por conseguir la última novedad. Nos han manipulado para hacernos creer que todo está al alcance de nuestra mano y que la felicidad solo puede obtenerse con tarjeta de crédito. Somos una sociedad que ha crecido sabiendo que todo se compra con dinero, por eso una negación nos lleva a la más profunda de las depresiones. Somos la viva imagen de los productos que nos venden: débiles y perecederos. Sin embargo las revoluciones siempre han comenzado tras pequeños gestos que terminan por cambiarlo todo, la libertad empieza en nosotros mismos y solo nosotros somos dueños de nuestros actos. Nosotros. Por eso tenemos que ser muy críticos con aquellos actos tan sumamente repetidos y que tan solo nos ofrecen una felicidad ficticia que solo bebe de la inmediatez.

El capitalismo fue señalado desde sus mismos inicios y tenemos los oídos desgastados de tantas veces que hemos escuchado voces detractoras contra el sistema que rige nuestro mundo actual. No importa. Tenemos que ser nosotros los que saquemos nuestras propias conclusiones. Desde el mismo momento en el que la vorágine que está arrasando nuestras vidas nos hace olvidarnos de dar las gracias a aquellos que nos quieren, es que algo funciona mal. Es el momento de desprendernos de todo y empezar a valorar las cosas en su justa medida. Podríamos prescindir de todo y seguir viviendo con la misma felicidad, podríamos prescindir de todo menos del calor que nos dan las personas que nos quieren. Si nos falta eso nada merece la pena.

El monte me hace pensar en estas cosas. Caminar sintiendo la tierra bajo mis pies. Respirar sintiendo la tranquilidad de la pureza entrando en mi cuerpo. Saber que no necesito nada más para existir. A veces me dicen que escribo sobre cosas tristes, yo no estoy de acuerdo: escribo sobre lo que veo. No obstante, os diré en secreto de sumario que soy una persona enormemente feliz y eso es lo único que me permite desangrarme sobre una novela, una canción, un relato corto o un escrito como este que camina entre las aguas de la ficción y la realidad. Escribir es un acto egoísta que existe gracias al amor que otros sienten hacia el escritor. Así lo veo yo.

Respecto a lo demás… os recomiendo dar una vuelta por la montaña más cercana, derramar vuestro tiempo a la orilla de un río o pasear por ese camino al que nunca le prestáis atención. Eso y dedicarle todos vuestros esfuerzos a la gente que os quiere. Lo demás, en realidad, no merece la pena. En mi cabeza va sonando una canción de los Mala, una de esas canciones cargadas de buena energía. La única ceremonia en la que creo es la que me hace levantarme cada mañana y sonreír. Sé quien está a mi lado y sé que si hay batalla se dejarán la vida por mí. Que la libertad guie vuestros pasos y El Corte Inglés os eche de menos.


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