Una foto más

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Fotografía: Jorge Bobadilla; Madrid.

Dejó la botella en el suelo y salió corriendo. Alguien le había llamado al móvil. Parecía preocupada. Yo seguí acurrucado en mi ventana hasta que torció la esquina y desapareció. Entonces salí a la calle.

Sus labios estaban tímidamente marcados en la boca de la botella. No había restos de carmín, nunca iba maquillada. Deposité mis labios al lado de los suyos durante unos instantes y bebí un largo trago. Quería que algo de ella entrase dentro de mí. Quería volver a los infiernos de su boca adictiva y aquel trozo de madera en mitad de la nada volviese a ser el lugar en el que soñaba pasar las horas mirando su cuerpo menudo. El cielo estaba casi cubierto de nubes y, al fondo, la vieja fábrica vigilaba mis movimientos clandestinos. Me senté acurrucado junto a la botella y cerré los ojos para volver a sentir su piel incandescente rozando mi brazo, como cuando la electricidad fluía entre nosotros. Hace ya tiempo de aquello.

Nuestra calle era la misma que esta en la que hoy paseo solo, buscando encontrarme a mí mismo. Las puertas de nuestras casas estaban igual de cerca. Aunque ella corría por la acera muchas más veces que ahora. Eran los tiempos en los que todavía llamaba al timbre de mi puerta y nuestras mochilas descansaban mientras nosotros corríamos a la vieja fábrica abandonada buscando un escondite donde compartir un cigarro a medias. Eran los tiempos de las risas, el humo y el tacto inmaculado.

Solíamos hablar de batallas perdidas y besos que ni siquiera habían nacido. Ella soñaba con caminar al lado de alguien que la hiciese soñar. Yo soñaba con permanecer a su lado. Dibujábamos en las paredes y buceábamos en un universo que nos estábamos inventando paso a paso. Nunca he tocado el cielo con tanta cercanía como aquellos días en los que habitaba el sótano de la locura sin ser consciente de ello. Poco a poco me fue envenenado. Poco a poco me fue consumiendo.

Cada vez que alguien le robaba un beso y le partía el alma, yo bebía sus lágrimas de charol y tendía una alfombra roja a sus pies. Una alfombra impoluta que siempre acababa llena de mierda. Luego las risas terminaban de anestesiarme y el contacto de su mano me revolvía el pensamiento y provocaba una negrura profunda hacia todo aquello que no fuese ella. Y todo fue empeorando sin que nadie fuese consciente de ello.

Cerré los ojos por un momento y viajé a aquella vieja fábrica en la que nuestros labios se tocaron por primera y última vez. Fue en ese mismo instante cuando escuché un ruido lejano, una figura que conocía a la perfección se acercaba corriendo. Era ella. Me saludó con esa sonrisa eléctrica que hacia retumbar los cristales de todo el barrio y me quedé allí parado sin nada que decir. Cogió la botella, me dijo que tenía prisa y se marchó. Me senté sobre la madera gastada, saqué el móvil del bolsillo y disparé cuando aún la tenía a tiro. Una foto más para mi colección de sueños robados.


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