Víspera de todos los santos

RELATO CORTO – Daniel Sancet Cueto

Un silencio ventoso y vacío recorría las calles rectas e interminables del viejo cementerio del pueblo. Luis caminaba dos metros más atrás de ellas, observando las piedras del suelo, los adoquines desgastados, las hierbas arrancadas y los bordillos que separan el camino de los vivos del de los olvidados. Veintidós pasos más y se encontraría frente a la lápida de su abuelo. Ese que solo conoce por fotos de un pasado remoto, por historias muchas veces contadas y por la vieja lápida negra del cristo crucificado. Una lápida que su abuela y su madre limpiaban meticulosamente, colocando las flores con delicadeza profesional con unos gestos ya cotidianos de tantas veces repetidos.

Luis siempre caminaba un par de metros detrás de ellas, como queriendo ser un mero espectador. El frío de un octubre a punto de perecer le obligaba a parapetarse tras su vieja trenca heredada de algún primo no demasiado lejano. Sus ojos parecían más vivos que nunca, a pesar de detenerse en todos y cada uno de los muertos que le rodeaban. No conocía a ninguno, salvo a su abuelo, y sin embargo sabía colocar de memoria muchos de los nombres en las largas filas de nichos de cinco alturas. Los nombres y las fotografías. Algunos demasiado jóvenes. Algunos demasiado serios. Algunos extrañamente cercanos. Otros cubiertos de polvo, como doblemente abandonados. Y todos muertos, inevitable y eternamente muertos.

Después de arreglar la tumba de su abuelo dirigían sus pasos, los de los tres, a otras tumbas todavía más lejanas. Situadas en la otra zona del cementerio, la de los enterrados en la tierra. Su zona favorita. Cruces sobre un suelo seco y pedregoso, cruces de hierro pintadas cada año para luchar contra el paso del tiempo. De todo el abanico de cruces diseminadas, tan solo tres eran suyas. Uno de sus bisabuelos. Una tía de su abuela que creció y murió sola. Y la abuela de su abuela, su tatarabuela, que extrañamente se llamaba y apellidaba igual que su madre, cosa que nunca había entendido. Cruces que parecían pertenecerle por el mero hecho de visitarlas cada año. Dos de ellas situadas lo suficientemente cerca la una de la otra como para invertir la mayor parte del tiempo en aquel pequeño rincón situado cerca de la tapia. La otra en el otro extremo. Así, en la cabeza de Luis se dibujaban los cuatro puntos cardinales: el de los nichos, el de las cruces de su bisabuelo y la tía de su abuela, el de la cruz de su tatarabuela y un último punto cardinal que señalaba a la única zona del cementerio que visitaba él solo.

La zona de los niños muertos. Pequeñas cruces señalando pequeños ataúdes bajo la misma tierra yerma y borracha de sol. Aprovechaba la más mínima ocasión para abandonar a su madre y a su abuela y alejarse de ellas dirigiendo sus pasos a la zona de los niños muertos. A comprobar nombres, a observar con detenimiento las fotografías de esos bebés engalanados que nunca llegaron a ser nada más. Niños muertos de hambre. Niños muertos de pobreza. Niños muertos de guerra. Su preferida era una pequeña tumba de un niño de apenas tres años, una tumba perfectamente colocada entre cuatro pequeños árboles escuálidos que parecían llevar siglos sin evolucionar. Se llamaba Nicolás y era el único de los niños muertos al que podía atar de alguna forma al presente, ya que su madre todavía vivía y era vecina de su abuela. Sesenta y un años después de enterrar a su pequeño hijo todavía caminaba hasta el cementerio para llevarle un pequeño ramo de flores la víspera de todos los santos. El mismo ramo que Luis observaba sin pestañear hasta que la llamada de su madre desde la otra punta del cementerio le devolvía a la realidad. El mismo ramo que aquel día, a pesar de ser treinta y uno de octubre, brillaba por su ausencia. Luis no entendía nada.

Regresó al lado de su madre y de su abuela. Quiso preguntar pero no supo hacerlo. Regresaron al nicho de su abuelo, la última de las paradas antes de salir al cementerio. El nicho de al lado estaba vacío, solo una placa de cemento con las letras VDO escritas con pintura negra. Vendido. Allí estaría la fotografía de su abuela, y su nombre, y sus apellidos, y la fecha de su nacimiento, y la fecha de su muerte. Luis pensaba todo aquello con el desasosiego del que sabe que nunca podrá hacer nada por impedirlo. Justo en ese instante, su madre le dice que se abroche bien la cazadora, su abuela le da cincuenta pesetas para que se compre unos cromos en el quiosco de la plaza y los tres salen del cementerio sin decirse nada más.

Esa noche, Luis piensa en la pequeña tumba sin flores y llora en silencio en su cama queriendo detener el tiempo para que la muerte no termine por arrasarlo todo. Los cromos de Pardeza, Stoichkov y Salillas descansan al lado de un folio garabateado y un viejo libro de Gabriel García Márquez. Era la noche de todos los santos y Luis había tomado la decisión de comenzar a escribir para evitar que los suyos muriesen para siempre.